El Rey mutante
Pasados los fastos de su entierro, queda de Michael Jackson la figura del
cyborg, tan orgánico como producto de la tecnología, un ser más allá del
sexo y de la raza porque a una y otra categoría supo desafiar en múltiples
transformaciones hasta convertir su cuerpo en una materia lábil que sólo
puede completarse con su obra.
En su libro Cool Memories, un diario formado por ensayos rotos y mínimos,
Jean Baudrillard viaja por la cultura del primer lustro de los ’80 para
seguir el pulso de su tiempo, para tratar de hacer el libro más
contemporáneo posible. En su elíptica captura de ese presente, Baudrillard
se cruza a mitad de su camino con el Michael Jackson de Thriller y lo define
con una cita del sociólogo Alain Soral: “Jackson es un mutante solitario,
precursor de un mestizaje perfecto porque es universal, la nueva raza a
partir de las razas, por así decirlo. Los niños de hoy no tienen un bloqueo
en relación con una sociedad mestiza: éste es su universo, y Michael Jackson
prefigura lo que ellos imaginan para un futuro ideal”. A esa idea nítida
sobre una nueva forma de mestizaje cultural, Baudrillard agrega: “Michael se
ha hecho rehacer el rostro, desrizar su cabello, aclarar la piel, o sea que
se ha construido minuciosamente: esto es lo que lo convierte en un niño
inocente y puro; el andrógino artificial de la fábula que, mejor que Cristo,
puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo, dado que es más que un niño
dios: un niño prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación
que nos liberarían de la raza y del sexo”. Unos años después, Baudrillard
vuelve a invocar a Jackson para soltar la frase más contundente de su
versión de las nuevas sensibilidades de los ’80, donde la política de la
diferencia de la revolución sexual se volvía “juego de la indiferencia” de
los sexos: “Todos somos transexuales. Así como todos somos mutantes
biológicos en potencia, también somos transexuales en potencia. Y ni
siquiera es una cuestión de biología. Todos somos simbólicamente
transexuales”. La biografía de Jackson lo autorizaba a semejante afirmación,
y es verdad que el Rey del Pop fue la quintaesencia de una nueva clase de
monstruo que modeló la tecnología. El monstruo en que nos trasformamos todxs.
EL EXTRAÑO MUNDO DE JACKSON
En el comienzo de todo fue el espanto: Thriller fue catalizador de
mutaciones y el principal afectado por su radiación fue Michael Jackson. Es
verdad que todo comenzó en Jackson 5, en esa infancia corrompida por el pop
donde el niño perdió la inocencia que trató de recuperar convertido en un
andrógino Peter Pan que sueña desesperadamente la tierra del Nunca Jamás. Si
bien es cierto, ese dato biográfico del niño estrella volcado a
reconstruirse como ficción de la industria de la música es recién en
Thriller donde adquiere mayor importancia, cuando su vida se transforma en
una tecnoficción. Ese disco-Frankenstein no sólo cambió la historia de la
música pop, con su híbrido de estilos del hard rock a la balada, pasando por
el pop bailable, sino que, sobre todo, la revolución de Jackson se hizo
cuerpo en el videoclip como forma de arte total, como juguete tecnológico
ideal para la metamorfosis. Abrevando en la estética homoerótica de la
película de terror adolescente de la década del ’50, en el video Thriller
Jackson se transformaba en Gato Monstruo y en zombie, convertido en el rey
del terror pop gracias a los efectos de maquillaje de las manos mágicas de
Rick Baker, un cirujano-artista-plástico del cine, también creador de FX de
Videodrome de David Cronenberg, una película sobre el cuerpo con prótesis de
video. Y desde ese momento Michael Jackson fue un cyborg cronenbergiano, y
se puede hacer una biografía de él a partir de sus videoclips, que
absorbieron su existencia trocada en imagen táctil de su cuerpo. Su sexo no
era masculino ni femenino, porque no era biológico, era tecnológico, tenía
el sexo del cyborg, antes que Donna Haraway lo definiera en su manifiesto
sociofeminista sobre la construcción de los géneros de 1991: “Un cyborg es
un organismo cibernético, un híbrido maquinal y orgánico, una criatura de la
realidad social tanto como una criatura de la ficción”. Jackson hizo del
cuerpo su discurso, más que otrxs ídolos del pop/rock, porque era un
cantante-bailarín de gracia felina, donde su paso más famoso, el moon walk,
ponía en escena su doble direccionalidad característica: el paso fingía la
mímica de caminar hacia adelante pero se deslizaba hacia atrás. Pero sobre
todo Jackson fue un cuerpo mediado por la tecnología, donde se transformaba,
videoclip mediante, en un ser extremadamente proteico: no era ni blanco ni
negro, ni masculino ni femenino, ni joven ni viejo, ni atlético ni enfermo,
ni humano ni animal, ni lindo ni feo y, sobre todo, ni bueno ni malo: al
papel del delincuente juvenil que le gustaba interpretar en los videos se le
superponía el inofensivo ángel de la luz asexuado. En la secuencia de la
canción “Speed Demon” de su película Moonwalker (1988), Will Vinton lo
convierte en muñeco de plastilina, dibujo animado, y cuando baila como
humano está literalmente fuera de la ley: es que Jackson movía la pelvis con
una ambigüedad insólita, su mano en la bragueta a veces parecía agarrar el
paquete y a veces su dedo se hundía como si tuviese las dos gónadas del
hermafrodita perfectx. En su otro videoclip célebre, Black or White (1991),
fue el primero en usar el software morphing virando el rostro de personas de
distintas razas y pigmentaciones, y convirtiéndose él mismo en pantera
negra: su cuerpo de cyborg ya devenido software lo liberó de la identidad
sexual y racial. Identidad deriva de idéntico, y Jackson, como buen mutante,
nunca quiso ser igual.
CADAVER EXQUISITO
Si me permiten la expresión, Jackson fue claro desde el principio: al
aceptar hacer el rol del Espantapájaros en The Wiz (1978), la remake del
clásico camp El mago de Oz, sabía que su destino era ser un monstruo de
cuento infantil, el freak domesticado, hogareño, que acompaña los sueños de
una generación como el ET de Spielberg para el que compuso una canción. En
Thriller quedó establecido, pero se subrayó en Ghosts (1997), un
mediometraje dirigido por Stan Winston, quien junto a Rick Baker sería el
artista de efecto de maquillaje más virtuoso del Hollywood fantástico. Ahí,
con la tecnología digital, el cuerpo de Jackson dejó de ser analógico para
explorar nuevas transformaciones virtuales: el rey del pop es ahora rey del
píxel, fantasma en la máquina, materia incorpórea que atraviesa todos los
cuerpos, como su voz, como ese falsete que lo hizo famoso, el más célebre de
la historia de la música, que viaja a la velocidad de la ambigüedad, porque
es un quejido de animal en celo con timbre humanoide andrógino. Si existen
las reinas del grito del cine de terror, las scream queens, Jackson fue más
que el rey del pop, el rey del falsete: la voz artificial fue su modulación
predilecta hasta el punto de ser la canción de todxs. Cantar y bailar es
falsearlo todo: lo natural queda fuera del cuerpo. En Cool Memories,
Baudrillard escribía que “la música del walkman penetra en nuestro cuerpo
como en un sueño”, Jackson fue ese sueño tecnológico que nos atravesó para
siempre, que nos cambió nuestro cabezal natural por uno de género artificial
indefinido. Al igual que Valentino fue al cine la apolínea figura que
perturbó en los ’20 las concepciones sobre lo masculino y lo femenino,
enloqueciendo a una generación con su erotismo visual indeterminado, Jackson
fue el cyborg que hizo de la tecnología del video una estética desafiante. Y
al igual que con Valentino, su funeral fue un evento monumental porque nos
interpela sin discriminación: todxs somos sus viudxs tecnotransexuales. Pero
ahora la tecnología voraz no para: la medicina forense sigue con sus
técnicas necrófilas de autopsias donde dicen y se desdicen, porque la
ambigüedad de Jackson no para ni post mortem. Eterno en su provocación, su
cuerpo aún sigue siendo un discurso de signos en contradicción, para la
interpretación latente, un Frankenstein semiológico que revive todo el
tiempo: un moderno Prometeo secular que no necesita el fuego de los dioses
para generar verdadera vida, sino que se despierta con cada clic mundano
sobre un píxel monstruoso que hace pop.
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