
La máscara era Michael
El Rey -del Pop- ha muerto. ¿Larga vida al rey? ¡Larga!, claman
frenéticos sus incondicionales queriendo acallar las voces más críticas, si
no con su música -incuestionable el legado- sí con su persona. Ha muerto
Michael Joseph Jackson. Sin cumplir 51 años. Ha nacido la leyenda, en un
mundo que parece necesitado de ellas
Se le paró un corazón que dicen tenía roto hace tiempo. Se le paró mucho
tiempo antes de lo que las estadísticas dicen que debería haber latido. Se
le paró no se sabe todavía bien por qué, aunque puede que en unas semanas,
cuando se conozcan los resultados toxicológicos de la autopsia, haya un
titular relacionado con el excesivo consumo de medicamentos para acallar sus
demonios. Durante su torturada vida ingirió y bebió desde Valium hasta
morfina, pasando por Xanas, Demerol, OxyContin o Propofol (Diprivan en su
marca comercial), un sedante que induce el sueño en las intervenciones con
anestesia. "Quiero poder dormir ocho horas seguidas", suplicó a una
enfermera que le asistió hasta tres meses antes de su final y a la que
reclamó una receta de Propofol.
Si su vida se pudiera comprimir en
capítulos tendría títulos como Sus últimos días; Su torturada infancia
perdida; Su extraña vida amorosa; Días extravagantes; La cara mutante; Los
escándalos; Su herencia; y por último, aunque no menos importante, Su
paternidad. Todos están escritos y todos empiezan como en los cuentos, como
en el mundo de Peter Pan que Jackson quería emular sin darse cuenta de que
se había convertido en una caricatura de cómic manga.
Érase una vez...
Un niño con tanto miedo a ser rechazado
que decidió hacer lo imposible para que la gente le quisiera. Lo imposible
le convirtió en un moderno fantasma de la ópera a quien el bisturí destrozó
tanto -25 intervenciones de nariz, de implantes de pómulos, de ojos, de
barbilla, de borrado de pigmentación...- que habría que haber comprobado sus
huellas dactilares para saber que hablábamos de la misma persona -negra- que
nació en Gary, Indiana, en 1958. El rechazo que experimentó contra su
persona alimentó su ambición de ser la mayor estrella del pop que el mundo
hubiera conocido. Jackson estaba obsesionado con las leyendas cuya gloria se
catapultaba a la estratosfera con sus muertes.
Quería ser más famoso que Elvis Presley.
Lo consiguió. Quizá al precio de su vida. El mismo que pagó Dorian Grey por
querer vivir eternamente bello. El ficticio Grey cayó muerto en el suelo,
avejentado y desfigurado, tras matar a su propia imagen. Cuesta creer que
Michael Jackson no llorase cada mañana ante el espejo antes de preguntarse:
¡¿Qué demonios me he hecho?!
No sabía Michael que el deseo de agradar
le acabaría convirtiendo en un personaje desagradable al que la gente
evitaba mirar o miraba con repugnancia. Atrás quiso dejar la memoria del
niño negro a quien su padre hacía ensayar los ritmos y los pasos de baile a
golpe de cinturón contra su piel. Un niño a quien su autoritario y ambicioso
progenitor chillaba que era feo y que nunca estaba a la altura. "¡Dios
santo, esa nariz es horrible y enorme!", recordaba Jackson que le repetía
hasta la saciedad su padre, Joe Jackson, delante de todo el mundo. "Era muy
duro", explicó el cantante a uno de sus biógrafos. "Hubiera sido más feliz
si hubiera podido llevar una máscara".
La careta comenzó a esculpirse con una
primera operación de nariz a principio de los ochenta, en lo más alto de su
fama. El niño negro que era adorado por los fans por su cándida voz, su
dulce sonrisa y su mirada limpia; el niño de 9 años que junto a cuatro de
sus hermanos escribió una página de la historia musical de la Motown bajo el
nombre de los Jackson 5; ese niño abandonaba la infancia para entrar en la
siempre difícil adolescencia, en su caso complicada con el hecho de que tuvo
que optar por una nueva carrera en solitario. Sus biógrafos dicen que
Michael odiaba su nariz, que detestaba sus granos adolescentes y que los
amigos de la familia que pasaban por su casa tenían problemas para
reconocerle. ¿Dónde estaba la monada de 10 años que con ojitos de cordero
cantaba I'll be there?
No estaba. No estaría nunca más. Aunque la
estrella dedicó su vida a la misión imposible de recuperar una infancia
perdida.
Érase una vez... Ése es el letrero que
preside la entrada al rancho de fantasía de Neverland, la entrada a un mundo
de nunca jamás y niños perdidos como en el cuento de Peter Pan. Ésa es la
historia de Michael Jackson, la de un cuento de hadas convertido en
aterradora pesadilla, la de un artista infantil, la de un juguete roto como
Judy Garland.
La etiqueta impone no hablar mal de los
muertos. Por lo que tras el anuncio del fallecimiento de Jackson el pasado
25 de junio se ensalzó la grandeza del increíble músico que fue, la historia
que escribió para los anales de la música y la huella que ha dejado en todas
las generaciones posteriores. Desaparecieron los Beatles; desapareció Elvis
y desapareció Sinatra. Detrás de Jackson no hay nadie de su magnitud ni de
su brillantez ni de su popularidad. Sólo le seguía a una distancia bastante
prudente Madonna. Más que bastante prudente.
Pero una vez establecido el in memórian
era inevitable que las excentricidades, que la megalomanía del Rey del Pop
-apodo cuyo bautismo se atribuye a su íntima amiga Elizabeth Taylor, que
celebró su octava boda en Neverland- volviera a recordarse una vez más. Las
fotos incomprensibles que provocan levantamientos de cejas comenzaron a
reeditarse; los juicios morbosos a recordarse; las declaraciones impactantes
a imprimirse.
Ahí estaba el niño de Indiana que había
conseguido la cuadratura del círculo. El negro que acabó casándose con la
hija de Elvis y comprando el catálogo de canciones de los Beatles. El hombre
que de tanto intentar borrar el color de su piel, de tanto perder peso,
acabó pareciendo una momia. O uno de los zombies del vídeo más famoso de
todos los tiempos. El actual Michael Jackson no hubiera necesitado
maquillaje ni peluca para aparecer en Thriller. Michael Jackson, el hombre
que no era ni blanco ni negro; ni joven ni viejo; ni niño ni hombre; ni
heterosexual ni homosexual.
"¿Eres todavía virgen?", le espetó al
cantante -que ya pasaba los 35 años- una Oprah Winfrey directa y descarnada
en una entrevista que a día de hoy es el programa no deportivo más visto de
la televisión estadounidense. "Soy un caballero", dio como ambigua
respuesta. Eran días de tormenta en Neverland. Corría 1993 -atrás quedaba el
mayor momento de su historia musical con el Off the wall y el Thriller de
los ochenta- cuando Jackson se enfrentó a la acusación de abusos sexuales a
un menor. No sería la primera vez. Evan Chandler, en nombre del pequeño
Jordan de 10 años, llevó a los tribunales al Rey del Pop. Jackson dijo
entonces que todo era inocente, que su relación era "limpia y espiritual",
que sólo veían películas de Disney juntos. El niño habló de sexo oral y
describió con detalle el pene con la piel descolorida del cantante, los
testículos con manchas blancas que parecían las ubres de una vaca -Jackson
siempre alegó en su defensa ante los que le acusaban de querer borrar su
raza que sufría de vitíligo, una enfermedad que decolore la piel-. El fiscal
del distrito exigió al cantante que mostrara su sexo al juez. El juez le
pidió que le enseñara el pene. Para salir de dudas y de paso probar su
culpabilidad. Para regocijo de los tabloides...
No hizo falta. Los abogados de Jackson
llegaron a un acuerdo privado con la familia para que se retirasen las
acusaciones, acuerdo que distintas fuentes cifran entre 20 y 25 millones de
dólares. En esos días se sitúa el inicio de la adicción a las pastillas del
cantante -aunque ya había flirteado con ellas cuando durante el rodaje de un
anuncio de Pepsi los operarios le quemaron el pelo y para contrarrestar el
dolor y la humillación se refugió en los calmantes-. En aquellos días
oscuros, en la soledad de una habitación rodeada de peluches, de enormes
figuras de Peter Pan y de mickeys mouses gigantes, Michael Jackson, que
bebía zumos de vitaminas en biberón, decidió contrarrestar los rumores sobre
su sexualidad y anunció por sorpresa su boda con Lisa Marie Presley. La
ficción -que ambos negaron que fuera tal- duró apenas 22 meses. Un beso en
la boca de la pareja a la entrada de los premios MTV en 1994 revolvió el
estómago de muchos espectadores. Jackson no era creíble. Como no lo era el
beso. Pero ése sólo era el principio de una espiral de locura no superada
por ninguna otra figura pública.
Existen otros excéntricos artistas
contemporáneos. Alice Cooper, Ozzy Osbourne, Marilyn Mason... Pero Jackson
no se quitaba la máscara al llegar a casa. Él era la máscara. Una pantalla
que a veces redoblaba con velos sobre su rostro. Como los que colocaba sobre
las infantiles caras de sus tres hijos, cuya paternidad está ahora
cuestionada. Si el matrimonio con Presley acabó sin descendencia no sucedió
lo mismo con el que le siguió años después con Debbie Rowe, la asistente de
su dermatólogo -sí, la asistente del dermatólogo, con consulta en Rodeo
Drive, y sobre quien ahora se dice que podría ser el verdadero padre-. En
duda está la verdadera paternidad de Jackson, la que se mide en
espermatozoides, aunque esa batalla está perdida para aquel que quiera
librarla. En blanco y negro, sobre el papel y ante los tribunales, Michael
Jackson es el padre de sus tres hijos, los concibiera quien los concibiera,
sea de quien sea el semen -aunque se escribirá y leerá mucho sobre esto,
vaya que si se escribirá-, el material genético no gana pleitos cuando se ha
donado y está establecido claramente un progenitor en las partidas de
nacimiento. En este caso lo está.
Pero hay quien fomenta la duda. ¿Será
porque una enorme fortuna acaba de recaer sobre sus tres hijos? Dos de ellos
son fruto de su unión con Rowe. Del tercero dice su partida de nacimiento
que la madre es "desconocida". De momento, los tabloides ya informan de que
una tal Nona Paris Lola Ankhesenamun Jackson reclama desde Londres la
maternidad de todos los hijos del astro. Prince Michael I, 12 años; Paris,
11; Prince Michael II, más conocido como Blanket (manta), 7. A los tres los
cuidará hasta el final de sus días por expreso deseo del artista la madre de
Jackson, Katherine, de 79 años. Eso dice el testamento que el artista
redactó en 2002 y que era desconocido para la familia. También dice que si
su madre hubiera muerto antes que él -no ha sido el caso- o lo hiciera
cuando él ya no existiese -es el caso-, la custodia de los niños pasaría
automáticamente a la cantante y largo tiempo amiga Diana Ross. La estrella
deposita todos sus haberes -que aumentan más y más cada día tras su muerte-
así como su inmensa deuda actual de 500 millones, en un fondo familiar que
administrará la matriarca del clan Jackson. Ni un centavo para el castrante
padre. Fuera de su última voluntad queda también su ex esposa Rowe, de forma
específica.
El megaimperio de Jackson se construyó
sobre la base de cuatro simples pasos. Cuatro pasos hacia atrás que durante
la celebración de un especial televisivo conmemorando el 25º aniversario del
sello de discos Motown lanzaron a un joven Jackson al estrellato. Con sus
pantalones negros pesqueros, sus zapatos castellanos del mismo color, sus
toreras y unos calcetines blancos que obligaban a mirar a sus pies, Jackson
entró en la historia de la mano del moonwalk. El baile surrealista del genio
fue a partir de entonces imitado por miles de niños que abrillantaban el
suelo de sus casas descalzos en calcetines tratando de emular al maestro.
Cuatro pasos insuperables que convirtieron al artista en el primer negro que
formaba parte de la cultura blanca. Rompió la barrera de la raza como luego
hizo Oprah, Tiger Woods o Barack Obama.
Eran tiempos aquellos en los que Jackson
todavía era más conocido por su música que por su psicodélica. Por venir
estaba su segunda acusación de pederastia y un juicio que en 2005 duró 14
semanas y al que, en una ocasión, un casi etéreo Jackson acudió a declarar
en pijama, arrastrando los pies junto a su madre, que no le abandonó ni por
un momento. Fue absuelto de todos los cargos, excepto del de la sospecha.
"Nunca se recuperó de aquello", contaría un amigo cercano.
Para cauterizar la herida que sangraba
clausuró el mundo de Nunca Jamás de Neverland (Santa Bárbara, California) y
se juró que nunca más volvería al infausto lugar de su linchamiento público.
Jackson inició entonces una huida frenética que le llevó a vivir en sitios
tan dispares como Bahrein e Irlanda. Por eso sorprendió cuando la familia
anunció que los restos mortales del cantante descansarían en Neverland. A
una semana de su muerte, el lugar definitivo que acogerá su cuerpo seguía
siendo un misterio.
Su personalidad se volvió tan excéntrica
que en su habitación instaló una cuna donde dormía su gran amigo Bubbles, un
chimpancé junto al que el artista Jeff Koons le inmortalizó en una escultura
de cerámica dorada. Su conducta se tornó tan errática que en una ocasión
quiso presentar a su bebé Blanket a los fans que reclamaban su persona
sacando al recién nacido por encima de la barandilla de la ventana de su
habitación de hotel en Berlín. Sus costumbres se convirtieron en carnaza
para el amarillismo, como la de dormir en una cámara hiperbárica con el
objetivo final de frenar el paso del tiempo. Sus adquisiciones tan
disparatadas como su intento de comprar el esqueleto del hombre elefante
John Merrick, con quien veía similitudes en su torturada existencia. Su
religión cambió, dejó de profesar la fe de su madre, devota seguidora de los
Testigos de Jehová, para convertirse al Islam -"llámame Mikaeel"- y
coquetear con la Nación del Islam de Louis Farrakahn, una escisión del islam
tradicional dirigida a la población negra que tiene controvertidas
creencias, como que esta raza es superior.
De lo anterior ha hablado largo y tendido
la que fue niñera de los hijos de Jackson y estuvo junto al cantante durante
17 largos años en los que vio y calló -fue despedida en numerosas
ocasiones-. No ha callado más. Entre otras cosas, Grace Rwaramba, 42 años,
origen ruandés, cuenta que el grupo de Farrakhan hizo creer a Jackson que el
alquiler de su mansión en Los Ángeles costaba 100.000 dólares al mes, aunque
ella asegura que el precio estaba inflado y la Nación se quedaba con la
diferencia.
Esas declaraciones de Rwaramba afectan a
la siempre polémica Nación del Islam. Pero son la punta del iceberg en la
enloquecida conducta de Jackson. La niñera asegura que en más de una ocasión
tuvo que practicar un lavado de estómago al cantante ante su habitual
costumbre de mezclar pastillas en cantidades ingentes. Vivía sin rumbo. "De
habitación de hotel en habitación de hotel, sin cuidar a sus hijos y sin ser
consciente de la realidad", aseguró Rwaramba en una entrevista con el diario
londinense The Times. Ajeno al aquí y ahora, Jackson temía a todo el mundo,
todos eran considerados enemigos que querían dañarle y, por ejemplo,
escondía el dinero en metálico en bolsas de plástico bajo las alfombras o en
los armarios.
Rwaramba cuestiona que el artista
estuviera preparado para la tarea titánica a la que se enfrentaba: 50
megaconciertos en Londres que debían empezar la semana próxima y cuyas
entradas se vendieron en horas tras el anuncio. "¡Cincuenta actuaciones!
¿Qué locura estás haciendo?", le preguntó la niñera confidente. En abril,
otra persona cercana al astro, Bryan Stoller, puso en duda que el frágil
cuerpo de Jackson pudiera producir la energía necesaria para esas
actuaciones. "Me quedé impactado cuando le abracé", recuerda hoy Stoller.
"Era como abrazar un saco de huesos".
El caso es que Jackson pasó todos los
controles sanitarios que exigía el draconiano seguro médico de AEG, la
empresa que gestionaba los conciertos. "Estaba feliz", dijo poco después de
conocer su muerte su coreógrafo Kenny Ortega, y una de las personas que
vivió las últimas horas de Jackson. La prueba de su buen estado de salud y
de que estaba pletórico ante la idea de retornar a los escenarios está en
una grabación de 100 horas con todos los ensayos que ha hecho AEG, que ya se
frota las manos ante la más que probable idea de editar un DVD que lleve por
título: The last concert, el último concierto, dicen fuentes de la industria
discográfica.
El día antes de su muerte, Jackson llegó
al punto de ensayo en el Staples Center de Los Ángeles -y más que probable
lugar para que los fans le den su último adiós en una capilla ardiente
abierta al público- sobre las seis de la tarde. Bailó como no lo había hecho
desde hace mucho, mucho, mucho tiempo. Corrigió algunos pasos de su cuerpo
de baile y confraternizó con todos. Cantó, y la única queja que emitió es
que sentía un pequeño dolor de garganta. Nada más.
Poco antes de las dos y media -14.26, para
ser exactos- del día siguiente, Jackson abandonaba este mundo. Había comido
una ensalada de pollo. Doce horas después de que proclamara su felicidad y
dijese que estaba listo para volar a Londres, el cantante expresó sentirse
"débil". Sus asistentes le llevaron a la cama. Poco después entraba su
médico personal, Conrad Murray -que había pasado la noche con él-, para
comprobar cómo seguía quien sin lugar a dudas era su más famoso paciente.
Jackson prácticamente no tenía pulso y no respiraba.
El resto es historia. Una llamada
frenética a los servicios de emergencia diciendo que Jackson no respiraba.
Varios intentos de reanimar su corazón por parte de Murray. Una ambulancia
que llegó inmediatamente -aunque fuentes cercanas al hospital dicen que para
entonces "su cara ya no tenía vida"- y transportó al artista hasta el centro
médico Ronald Reagan de Los Ángeles donde se certificó su muerte.
Los fans comenzaron a llorar su muerte.
Todavía hoy la lloran. Desde una cárcel en Filipinas, un grupo de presos le
recordaba y le rendía tributo bailando Thriller en el patio del penal.
Michael Jackson sabía de la importancia de su vuelta al santuario que para
él era el escenario. Sabía que el mundo le esperaba. No quería dejar de ser
el Rey pero puede que su endeble físico y sufriente corazón no pudieran con
tanta ansiedad. Puede que Michael muriese por necesitar dormir ocho horas en
paz, sin sentir dolor, sin sufrir por no estar a la altura de las
expectativas, refugiado en el mundo de fantasía que proporciona la química.
Como murió Elvis. Como él confesó a la hija del Rey -su esposa- que sabía
que iba a morir. "Me temo que acabaré mis días como él". Michael Jackson
sólo vivió ocho años más que el Rey, derrumbado a los 42 en el baño de su
casa tras una sobredosis de barbitúricos.
YOLANDA MONGE
El País.
|